"Ignorar a los pobres es despreciar a Dios" Francisco

martes, 19 de julio de 2011

La jerarquía está usurpando la voz de la Iglesia

Joaquín Perea, sacerdote y teólogo. Autor de “Otra Iglesia es posible” (Ed. Hoac)
"Los creyentes no seguimos a la Iglesia, sino que seguimos a Jesús"

(Jesús Bastante).- "En la Iglesia hay muchos indignados. El problema es que no saben qué hacer en este momento", subraya Joaquín Perea, presbítero diocesano de Bilbao, teólogo, autor de varios libros y presidente de la revista Iglesia Viva, que nos presenta su última publicación, "Otra Iglesia es posible" (Ed. Hoac). En opinión de Perea, "esta Iglesia que tenemos no es la Iglesia de Jesús", sino más bien una institución "estratégica y jerárquica, que está proyectada hacia atrás".
-Joaquín Perea, presbítero diocesano de Bilbao es autor de varios libros y es presidente de la revista Iglesia viva. Por sus manos, por así decirlo, han pasado varios obispos.
-He colaborado con algunos obispos, como Añoveros. Fui vicario episcopal de él y del siguiente, Larrea. Y antes, en aquel momento crucial y terrible, del 68 al 71... Y con el obispo administrador apostólico Uriarte, auxiliar durante la enfermedad de Añoveros, fui vicario episcopal.

-¿Ha cambiado mucho la Iglesia desde aquellos años?
-Bastante.

-¿Se reconoce uno en la misma Iglesia?
-No queda más remedio que reconocerse. Aunque, sin un sociólogo mirara por fuera las cosas diría que hay un cambio bastante grande.

-¿Para bien o para mal? Aunque estos términos sean estrechos...
-Claro, porque las cosas en la vida no son blancas o negras. Tampoco en la Iglesia: son grises. Yo creo que hay algunos aspectos en los cuales ha habido un avance, y otros en los que hay un retroceso marcado. A mí me parece que desde ese recodo en la historia de la Iglesia que fue el Concilio Vaticano II, se dio la confluencia de dos grandes vectores: Por una parte, en este momento existe, para un observador externo, el problema de la dirección general de la Iglesia, que quiere volver a los antiguos bastiones, y que por consiguiente retrocede, se crispa, se encastilla, vive del miedo y de la preocupación por este miedo "laicista y secularista"... Y esto es un desastre, porque no nos lleva más que a la irrelevancia en la Iglesia. Y a la secta. Al gueto.

-¿Irrelevancia en la sociedad, quieres decir?
-Sí, a eso me refiero. Cuando la Iglesia, si para algo existe, es para decir una Palabra a la sociedad. Pero la sociedad no va a oír a una Iglesia que dice: "O pasáis todos por aquí, o no hay nada que hacer". Por eso yo creo que el momento actual muchos militantes cristianos lo sienten como oscuro. Pero también hay que decir que el Concilio significó un momento extraordinario, que cumplió lo que pensaba el Papa Juan XXIII: que la Iglesia siempre se tiene que reformar, con las ventanas abiertas al mundo. Muchísimos laicos y laicas, religiosos y religiosas, presbíteros... trabajan en la línea del Concilio y van dando sus frutos. En el orden pastoral, teológico y espiritual. Peor la Iglesia oficial no lo ha conseguido.

-Muchas personas hemos nacido o vivido en torno a ese espíritu. Y cuando te abren las ventanas entra mucho aire, así que cuando descubres de repente que esas ventanas te las están entornando, ¿la sensación de ahogo puede ser mayor incluso que el recuerdo de cuando estaban cerradas?
-Desde luego. Las ventanas abiertas y la entrada del aire han producido muchos constipados. Han producido enfriamientos y miedo. Hay una crispación en la Iglesia oficial y en todas las cohortes que están en su derredor.

-¿Están crispadas porque temen a la sociedad?
-Yo creo que sí. Acepto que haya otros diagnósticos, pero me parece que éste lo tenemos mucha gente. Hay miedo a lo que está pasando, y a la dificultad objetiva de decir una palabra que sea inteligible en un mundo corrompido por los ídolos (sobre todo, del dinero).
Es mucho viento el que entró. Y a este respecto, un gran converso al catolicismo del siglo XIX, que fue el cardenal Newman, cuya causa de canonización está en este momento en marcha, decía "no ha habido un concilio en la historia de la Iglesia que no haya producido siempre, después de terminar, una gran conmoción". Por tanto, es natural que haya mucha gente que, al ver que las ventanas se cierran, sienta ganas de decir "pues yo mejor me quedo fuera, no quiero volver a sudar ahí dentro". O bien clamorosamente, o bien silenciosamente (como en la mayoría de los casos), hay mucha gente que está dejando la Iglesia. Y yo creo que son los mejores. La experiencia que he vivido en estos cuarenta y pico años después del Concilio es que muchos de los mejores militantes de movimientos o grupos de Iglesia están dejando de militar o de pertenecer a la Iglesia porque no soportan que haya vuelto a los bastiones.

-¿Tal vez para ellos va dirigido este libro, Otra Iglesia es posible? Ante un hecho así, te puedes ir, te puedes quedar obedeciendo... ¿Puedes también intentar quedarte proponiendo otro tipo de Iglesia?
-Sí, tienes toda la razón en eso. Este libro es fruto de una petición concreta de la Comisión Central de la HOAC. Me pidieron que escribiera un libro para los militantes que están pasando por una situación de noche oscura del sentido, que diría San Juan de la Cruz. Son personas que quieren seguir siendo fieles creyentes, militantes, presentes en el mundo obrero, en la marginación, en la pobreza, y que se encuentran con una Iglesia que les hace el vacío, que privilegia injustamente a otros grupos y movimientos. Esto produce una crisis profundísima.
Yo inicialmente pensaba que no era capaz de escribir este libro, pero finalmente acepté, y escribí el libro sin pretender hacer una eclesiología en sentido académico, sino para militantes (no sólo para los de la HOAC, a los que quiero muchísimo porque yo, que soy ya viejo, conocí a sus padres fundadores; sino para otros muchos cristianos que se sienten solos y abandonados). Y también es para los cabreados.

-¿Los indignados? Ahora que estamos hablando a nivel político y global de los indignados... ¿También hay cabreados en la Iglesia?
-En la Iglesia hay muchos indignados. El problema es que no saben qué hacer en este momento. No saben cómo redefinirse en la dimensión interior, y no saben qué hacer ante una institución que les posterga, que les olvida, y que privilegia a otros que poco tienen que decir en el mundo actual.

-¿Tienen poco margen para decir algo, si quieren seguir representando de alguna manera a la Iglesia? ¿Están constreñidos los ámbitos de libertad para seguir siendo Iglesia?
-Claro. El problema es que los de la institución no dejan de ser Iglesia de ninguna de las maneras, aunque muchos de ellos olvidan la libertad del Evangelio. Es mentira eso que dicen de que hay muchos grupos en la Iglesia y que cada uno tiene su opinión. Ojalá fuera así. Lo que sucede es que algunos de esos grupos son privilegiados de manera muy marcada por la jerarquía.

-¿Son esos grupos los que sustentan a la Iglesia a diferentes niveles?
-Sobre todo a nivel económico. Hay que decirlo con toda claridad, porque es evidente. Estos grupos se caracterizan por un signo distintivo, que es el considerar que lo fundamental en la ortodoxia católica es la obediencia, no la libertad. Por consiguiente, todo lo que signifique disentimiento, aun dentro de la comunión, para ellos es abominable.
Hay una frase se San Agustín que dice lo siguiente: "Está permitido, salvando el derecho de la comunión, disentir en la Iglesia". Y creo yo que San Agustín no era ningún hereje...

-¿Qué se puede hacer para llevar a cabo esta otra Iglesia, y que no sea una utopía irrealizable? ¿Da tu libro algunos puntos o bases para construir una nueva Iglesia?
-Es fundamental darse cuenta de que la Iglesia es de todos. Todos tenemos que ponernos en marcha y ponernos en pie para aportar solidez, con seriedad y sin ningún miedo, a la Iglesia en la que creemos, que es la Iglesia de Jesús. Pero no nos llamemos a engaño: cuando yo digo que otra Iglesia es posible, no pretendo inventar otra Iglesia, como aquel aldeano de mi tierra que, cuando iban a buscarle los Testigos de Jehová para que se inscribiese en su secta les decía: "Si no creo en la Iglesia verdadera, ¿cómo voy a creer en la falsa?". Cuando hablo de otra Iglesia, me refiero a la Iglesia de Jesús. Porque a mí me parece que esta Iglesia que tenemos, no es la Iglesia de Jesús.

-¿Te refieres a la Iglesia jerárquica, no a la Iglesia comunidad?
-Claro.

-¿Y es posible la otra Iglesia con la Iglesia jerárquica?

-Tiene que ser posible. Al igual que te he dicho que hay que corregir el término de sacerdote, hay que corregir el término de Iglesia, cuando se refiere sólo a la jerarquía. Hay que hacerlo de una vez por todas.

Pero, ¿cómo hacerlo cuando los medios de comunicación son el gran Evangelio de la sociedad, y éstos identifican la palabra Iglesia con la jerarquía?
-Ésa es la clave. ¿Por qué los medios de comunicación no se proponen seriamente cambiar el lenguaje?

-¿No debería la Iglesia, antes que nada, cambiar su imagen? ¿La voz oficial que está identificada con el Santo Padre o con Rouco aquí en España? ¿Por qué nadie reconocería al representante de la HOAC a nivel mediático, o a tal teólogo que tiene tanto que decir?
-Tú mismo lo estás retratando: la Iglesia no es Benedicto XVI. Él es el obispo de Roma, Rouco es el presidente de la CEE. Pero la Iglesia es mucho más que eso, gracias a Dios. Y lo que tienen que hacer los responsables de este instrumento terribles que son los medios de comunicación, es dar la voz a otros elementos de la Iglesia. A las comunidades contemplativas, a las comunidades de base, a los militantes de distintos movimientos de apostolado... La Iglesia no son sólo las instituciones confesionales. Eso es un atropello causado por la propia jerarquía, que usurpa una voz que no le corresponde del todo. La jerarquía tiene una voz inalienable en la Iglesia, pero sólo en aquellas cuestiones que son de su competencia: la fe y las costumbres cristianas. Por eso hay que dar voz a los creyentes, sobre todo cuando están agrupados y cuando representan un sentir, un carisma individual o colectivo dentro de la Iglesia.

-¿Por qué hay cada vez menos movilización parroquial, y en cambio esos grupos están cada vez mejor organizados, como una Iglesia jerárquica a pequeña escala?
-Un ejército siempre está mejor organizado que la sociedad civil, pero eso no significa que la sociedad civil tenga que ser como un ejército. Los creyentes no seguimos a la Iglesia, sino que seguimos a Jesús. Luego hay que ver hacia qué tendencia se orienta la fe en Jesús de cada uno, y buscar el grupo cristiano en el que pueda vivir su fe de mejor manera. Habrá personas que se encuentren mucho más a gusto en el servicio parroquial, o en un movimiento de ambiente... Y es la institución la que tiene que propiciar la comunión entre todos esos grupos, saber vivir su ministerio orientando y fomentando la unión, pero sin imponerla.

-¿Y es posible una comunión horizontal en una institución tan vertical?
-Evidentemente, es difícil. Pero lo que no podemos hacer es aceptar que los obispos nos digan que la comunión es la manera en que todos nos unimos, a través de la obediencia. En el documento central del Concilio Vaticano, en la nota explicativa previa (para los técnicos que nos lean), se habla de la comunión. Y se dice que no es un "vago sentimiento", sino que exige de instituciones representativas en las cuales tenga parte el conjunto del Pueblo de Dios. Y de eso en este momento no hay nada. Las instituciones que hay son papel mojado. Y esto atenta contra un código canónico antiquísimo, llamado Código de Graciano, que dice que lo que toca a todos debe ser tratado y aprobado por todos.

-En el libro dedicas un par de capítulos al laicado, a su papel sacramental. ¿Qué importancia debe tener el laico comprometido?
-Eso lo contesto también en un libro anterior, sobre teología del laicado. Hay una cuestión fundamental: tenemos que atenernos al Concilio sabiendo que el Concilio no cerró esta cuestión y no abordó hasta el fondo los problemas fundamentales. Porque la tarea del laicado es especialmente atrayente, pero también compleja. Y es que el laico tiene que ser una persona creyente en el mundo, y al mismo tiempo miembro de pleno derecho del Pueblo de Dios. Esto significa que tiene que compaginar su presencia en el seno de la Iglesia con su presencia en el mundo entero. Tiene que saber hacerse presente en ambas dimensiones. Y de esta forma, habría que plantearse, por ejemplo, si todo responsable de un catecumenado de adultos en una parroquia tiene que haber sido militante de un sindicato o de un partido político. Porque, ¿cómo va a ser formador en la fe una persona que no sabe lo que es vivir en el mundo? ¿Que no tiene la experiencia de lo que es un compromiso temporal? Hay que evitar el peligro de crear unos laicos que son pseudo-clérigos.

-Tú has vivido la violencia terrorista en Euskadi. Algunos hablan ahora de un "nuevo momento", con la llegada de Bildu, la tregua de ETA... ¿Cómo se vive la actual situación? ¿Cómo se afronta el futuro desde la perspectiva creyente?
-Sinceramente, no sé responderte. Para nosotros el éxito electoral de Bildu ha sido una sorpresa. Yo no puedo opinar como político, sino como presbítero que tiene que ayudar a cualquier creyente de cualquier color político a que viva su fe y su compromiso. Desde esta perspectiva, en el interior de la Iglesia creíamos que no era prudente políticamente, ni ético, suprimir de un plumazo a un grupo que nos parecía que podía tener entre un 15 y un 20% de respuesta electoral. Gracias a Dios, el Tribunal Constitucional dejó vía libre, y hubo un resultado electoral que nunca hubiéramos supuesto. Lo que significa que, en un País Vasco tan complejo, entra una nueva complejidad.
Un gran amigo mío fue el obispo auxiliar de Bilbao, que ya murió hace un par de años. Él respondía a este tipo de preguntas diciendo: "Si al País Vasco no lo entendemos los que estamos ahí, ¿cómo queréis entenderlo los que estáis fuera?". Yo pienso igual, que es muy difícil de entender. Pero se puede interpretar como una nueva llamada a algo en lo que el País Vasco se está entrenando desde hace mucho tiempo, que es el respeto a todas las corrientes sin violencia. Yo espero (y no sé si es un optimismo ingenuo) que el proceso de diálogo que se tiene que establecer ahora desde el punto de vista de la pura técnica electoral, lleve a Bildu a una posición cada vez más clara en contra de la violencia. Yo conozco a algunas personas concretas de Bildu, y me parece que, aunque haya salidas de tono, el conjunto del movimiento va a ir por ahí. Por eso tengo una esperanza grande. Pero la Iglesia tiene que hacer también un esfuerzo enorme para resituarse en la nueva situación. Ayudar a todos para que reflexionen desde los valores de la persona humana, y a través de la cultura y las posiciones de nuestro pueblo. Para saber construir con respeto un mundo sin violencia, de justicia, en paz. Que es un tránsito dificilísimo ya lo sabemos.
La Iglesia tiene que tener una prioridad que no ha tenido del todo: Las víctimas. Yo he predicado a favor del respeto mutuo, de la paz, de la justicia... jamás he dejado pasar un atentado sin hablar, en mi homilía del domingo, de todo esto. Del perdón de las ofensas. Pero eso crispa inmediatamente a una parte del público. Por eso hay que saber componer el mensaje desde el amor sincero a las víctimas. Pero al mismo tiempo hay que hablar de perdón. Porque sin perdón no construiremos nunca una sociedad vasca de justicia y en paz.
Hace poco leía el artículo de un historiador valenciano en el que, ante la apertura de los archivos vaticanos de la época de la República y de la Guerra Civil, ha publicado las cartas de don Mateo Múgica, que fue obispo entonces de la diócesis de Vitoria. En una de esas cartas leía sobre el asesinato, al comienzo de la Guerra Civil, de casi 20 curas. Las represalias de todos ellos, requetés contra nacionalistas, todos católicos. Y Múgica decía "este baño de sangre no se curará en cien años más". Estamos hablando de 1936, lo cual quiere decir que si la profecía de Mateo Múgica es cierta, hasta 2036 a lo mejor seguimos con esta tarea. Así que no tenemos que estar con las manos una encima de otra, pero nos espera un desierto de piedra, duro y difícil.

Ver entrevista en video (AQUI)

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