"Ignorar a los pobres es despreciar a Dios" Francisco

lunes, 20 de septiembre de 2010

La crítica de la DSI a la actual situación del trabajo

Comisión Permanente HOAC
Tema de la Quincena - NOTICIAS OBRERAS

En dos anteriores Temas de la Quincena hemos reflexionado sobre cómo la Doctrina Social de la Iglesia plantea el sentido y el valor del trabajo para la persona y para la sociedad (nº 1.506) y la empresa como institución básica de la organización del trabajo (nº 1.507). En este vamos a considerar lo que ocurre en nuestra sociedad con el trabajo, también desde la perspectiva de la valoración y la crítica que de esta situación hace la Doctrina Social de la Iglesia.

Según la DSI, la actual forma de concebir, organizar y tratar el trabajo está muy lejos de lo que debería ser como dimensión básica de la vida de las personas, como bien de las personas y de la sociedad, como principio de vida. Por eso, es una tarea política fundamental dar los pasos posibles para acortar la distancia que existe entre lo que necesitan las personas y lo que ocurre con el trabajo en nuestra sociedad.

La crítica de la DSI a la actual situación del trabajo

La DSI considera que vivimos en una sociedad alienada por el predominio en la vida social del sistema de producción y consumo. Y que uno de los elementos fundamentales de esta alienación es lo que ocurre con el trabajo, la violación de la dignidad del trabajo. En síntesis, la DSI plantea lo siguiente:

a) Un error fundamental del capitalismo ha sido convertir el trabajo en una mercancía. Este hecho es inevitable desde el economicismo: desde una visión de la economía presidida por el materialismo economicista (que prima la rentabilidad económica y prescinde de los fundamentos y finalidades éticos de la economía al servicio de la vida humana), el trabajo ha tendido a ser considerado y tratado como un elemento impersonal más del proceso productivo, como una mercancía que se compra y se vende. Este es el problema de fondo que se ha generado en torno al trabajo.

b) Porque, al reducir el trabajo a la condición de mercancía, lo que es un principio de vida se ha convertido en un mecanismo de conflicto y deshumanización, pues se ha producido una radical inversión de valores que conduce a que la persona misma sea considerada, en la práctica, como un instrumento de producción, cuando ella sólo puede ser tratada como sujeto de la producción.

c) De esta inversión de valores resulta la degradación de la persona como sujeto del trabajo, la violación de la dignidad del trabajo, o lo que es lo mismo, la violación de la dignidad de la persona, porque el trabajo es inseparable de la persona que lo realiza.

d) Esta violación de la dignidad del trabajo que degrada al sujeto del trabajo, a la persona, provoca, por una parte, alienación del ser humano en tanto que se arrebata a la persona la capacidad humanizadora del trabajo y, por otra parte, empobrecidos: los pobres lo son en muchas ocasiones como resultado de la explotación en el trabajo, de la violación de la dignidad del trabajo y de la falta del reconocimiento de los derechos vinculados a la persona en su trabajo. Ambas cosas, la alienación y la explotación-empobrecimiento, dañan gravemente nuestra humanidad.

e) Esta degradación del sujeto del trabajo provocó desde el principio la resistencia de los trabajadores a ser tratados como instrumentos. Esta resistencia, que se convirtió en un importante movimiento de solidaridad humana de los trabajadores, ha logrado que, en algunos casos y en algunos lugares, se hayan ido reconociendo los derechos vinculados al trabajo y la consecuente afirmación de la dignidad de la persona en el trabajo. Pero continúan produciéndose radicales injusticias en torno al trabajo, unas antiguas y otras nuevas. Porque el problema de fondo, la mercantilización del trabajo, pervive y en algunas situaciones se ha convertido en una extrema mercantilización que provoca múltiples injusticias.

f) Este problema de la degradación del sujeto del trabajo ha adquirido históricamente la forma de conflicto entre trabajo y capital, que se ha expresado en cada momento de diversas formas, pero que siempre ha estado presidido por la confrontación que provoca la ruptura entre trabajo y capital (cuando ambos necesitan ir unidos desde la primacía de la persona, del trabajo, sobre las cosas, el capital, para poder producir de forma humana los bienes y servicios necesarios para la vida) y la consideración del trabajo, que es capacidad humana, como mercancía, lleva a que los poseedores del capital tiendan a controlar el trabajo y someterlo a la lógica economicista para obtener de él la mayor rentabilidad económica, y a los trabajadores a resistirse a tal dominio, pues del trabajo depende su vida.

g) Este conflicto continúa hoy con formas nuevas, especialmente las que nacen de un engranaje globalizado de la economía, del sistema de producción y consumo, que tiende a instrumentalizar a las personas para su mejor funcionamiento: «Actualmente, el conflicto presenta aspectos nuevos y, tal vez, más preocupantes: los progresos científicos y técnicos y la mundialización de los mercados… exponen a los trabajadores al riesgo de ser explotados por los engranajes de la economía y la búsqueda desenfrenada de productividad» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 279).

h) Sólo hay un camino para superar este conflicto, que daña al ser humano: superar la contraposición entre trabajo y capital a través del reconocimiento práctico de la primacía de la persona sobre las cosas, del trabajo sobre el capital. A ello nos hemos referido ampliamente en el Tema de la Quincena dedicado al sentido y valor del trabajo, pero, en resumen, implica:

1º.- Que el conjunto del proceso de producción debe ajustarse a las necesidades de las personas.

2º.- Que son los derechos de los trabajadores los que deben constituir el criterio básico y fundamental para la formación de toda la economía.

3º.- Que hay que reconocer prácticamente, en la forma de organizar el trabajo, la primacía de la dimensión subjetiva del trabajo (el hecho de que quien trabaja es una persona), colocar siempre en primer lugar la dignidad de la persona en el trabajo. Nada puede justificar que se instrumentalice o utilice a la persona como si fuera una cosa.

El modelo de la flexibilidad-precariedad laboral

El conflicto generado por la mercantilización del trabajo del que habla la Doctrina Social de la Iglesia, se manifiesta hoy en la progresiva implantación de un modelo laboral basado en la flexibilidad, que supone precariedad en el empleo y precariedad vital de las personas. El conflicto podríamos caracterizarlo hoy de la siguiente manera:

«Cuando contemplamos las nuevas leyes que rigen la producción y la vida de las personas del mundo del trabajo, debemos considerar que quizás estamos asistiendo a una nueva definición del conflicto social, de marcado carácter antropológico, y que podríamos definir como la perversión de la propia naturaleza humana provocada por las exigencias de un sistema economicista de producción y consumo que dificulta, e incluso impide, el cultivo de las dimensiones personales, familiares, sociales y religiosas que el hombre necesita para poder vivir con arreglo a su dignidad de persona.

Los nuevos sistemas de organización del trabajo, basados en la flexibilidad (…) pueden resultar positivos cuando se utilizan para hacer posible que la persona pueda articular de manera armónica su tiempo de trabajo con su tiempo de vida. Pero si la flexibilidad se entiende como la posibilidad de disponer de todos los recursos necesarios cuando la producción lo requiera y de prescindir de los mismos cuando cesa el proceso, y entre estos recursos se incluye al hombre, puede dar lugar a un sistema constituido como un conjunto de negaciones de derechos fundamentales de la persona. Cuando la flexibilidad elimina la seguridad en el empleo, cuando impone la posibilidad de que los hombres cambien forzosamente de ciudad y de comunidad autónoma, cuando obliga a cambiar de horario de trabajo, de jornada de trabajo, de días semanales de descanso (…) cuando provoca el cambio permanente de profesión y de ocupación con desprecio de la propia vocación profesional de las personas, cuando se extiende al salario y lo convierte en un sistema de incentivos cuyo logro puede escapar a la voluntad y al desempeño del propio trabajador, se produce una precariedad de las formas de vida que impide la necesidad y el derecho que cada persona tiene a planificar su vida familiar y social, y el derecho que tiene cada familia a no ver amenazado su futuro de manera permanente (…).

Cuando la actividad productiva se organiza de tal manera que impide al hombre organizar y planificar su vida, es porque se ha producido una visión reduccionista del hombre que ignora algunas de las dimensiones fundamentales constitutivas de la naturaleza humana».

Por eso: «Hoy, la solución de los problemas del mundo del trabajo, la solución de los problemas de muchos empobrecidos y excluidos no pasa sólo por el crecimiento económico y la creación de empleo: ello es necesario e imprescindible, pero no suficiente. Al mismo tiempo debemos prestar una atención especial para que el modelo de producción permita vivir y cultivar la vida personal, familiar, cultural, social y religiosa que son imprescindibles para que el hombre pueda desarrollarse como hijo de Dios y la sociedad pueda construirse sobre los cimientos de la justicia y la libertad» (1).

Vamos a profundizar un poco más en las características de este modelo de la flexibilidad laboral como manera de organizar el trabajo y en sus consecuencias para la persona (2).

a) Una manera de someter el trabajo al sistema productivo

El modelo de la flexibilidad es una manera de someter el trabajo al sistema productivo, de generar dependencia de los trabajadores y control sobre el trabajo desde las demandas de la rentabilidad económica. En la práctica representa la organización del trabajo desde la posibilidad de poder disponer de todos los factores productivos, incluyendo entre ellos a los trabajadores, cuando el proceso lo requiere y poder prescindir de ellos cuando ya no son necesarios para la rentabilidad económica, sin que ello comporte ningún coste adicional. Dicho de otra forma: respecto al trabajo supone poder usarlo cuando y de la forma que sea más rentable y dejar de hacerlo cuando es menos rentable. Por eso es, en realidad, un modelo de mercantilización extrema del trabajo. Vinculado a este modelo de la flexibilidad está la insistencia en, por ejemplo, la necesidad de abaratar los costes del despido, en la contratación temporal que no comporta despido, en la conversión de muchos trabajadores asalariados en «falsos» autónomos que venden sus prestaciones laborales a una empresa, etc.

Es un modelo de organización del empleo que se caracteriza por cinco premisas, las que se supone que hacen «flexible» el trabajo según los requerimientos de la rentabilidad económica, que afectan directamente a la vida de las personas. Estas cinco premisas son: trabajar, pero no en la misma empresa, ni en la misma profesión, ni en la misma ciudad, ni con el mismo salario, ni con el mismo horario. El que ha sido modelo predominante hasta no hace mucho tiempo, de un empleo estable, normalmente en la misma empresa, con promoción profesional, horario y salario fijos…, se considera una «rigidez» que tiene costes demasiado elevados y que impide la rentabilidad y la competitividad de las empresas. Para competir hoy, se dice, hay que eliminar esas rigideces, ser mucho más flexibles para adaptarse a las cambiantes situaciones de la economía.

b) Que tiene consecuencias vitales muy importantes

1º.- Cuando se dice que hay que pensar en una vida laboral que vaya pasando de empresa en empresa según las circunstancias productivas lo requieran, se está eliminando la seguridad de los procesos vitales de los trabajadores: la flexibilidad en la permanencia en la empresa impide la seguridad mínima necesaria para plantearse con regularidad los procesos vitales de las personas.

2º.- Cuando se dice que hay que pensar en realizar múltiples tipos de trabajos durante la vida laboral (movilidad funcional), además de lo que esto supone para la seguridad vital del trabajador, se castra su vocación profesional, que es lo más genuino del ser humano.

3º.- Cuando se predican las bondades de la movilidad geográfica y se dice que hay que pensar en ir trasladándose de ciudad en ciudad siguiendo la oferta de los puestos de trabajo, se están rompiendo las relaciones familiares, culturales y sociales.

4º.- Cuando por necesidades de la producción se impone un horario flexible, en sus múltiples variantes, se produce un grave atentado contra el estado físico y psíquico del trabajador, se desestructura su tiempo de vida y se convierte toda su vida en tiempo productivo: el tiempo de trabajo invade cada vez más aspectos y espacios de la vida de la persona, desestructurándola.

5º.- Cuando se instaura la política de la flexibilidad salarial, se rompe la seguridad de los procesos de vida de las personas y con ello su autonomía personal y la seguridad familiar.

c) Que supone una reducción de la naturaleza humana a su ser productor

Las condiciones de trabajo que genera el modelo de la flexibilidad, si la miramos desde el punto de vista de la economía (prescindiendo de las personas) pueden parecer muy racionales y eficientes, pues pretenden, y en buena medida consiguen, la utilización óptima de los «recursos humanos» en el proceso de producción. Pero precisamente ese es su problema: que prescinde de la persona; es un planteamiento economicista que trata a la persona como si fuera una cosa que se puede manejar en el trabajo sin romperse. Pero eso no es así: la persona sí se rompe cuando es tratada como un instrumento. Así, si lo miramos desde las necesidades de la naturaleza humana, nos costará mucho trabajo encontrar algún vestigio de humanización en este modelo de la flexibilidad, porque no se trata sólo de que acentúe hasta el extremo el carácter instrumental del trabajo humano, reduciéndolo a su dimensión como «fuerza de trabajo», sino también que para conseguirlo se somete el tiempo de vida al tiempo de trabajo, se rompe de forma radical la relación entre trabajo y vida.

Porque, de hecho, se trata al ser humano como un instrumento más de producción, con tres reducciones de la naturaleza humana:

1º.- Se reduce la diversidad humana a la uniformidad de la fuerza de trabajo: el sistema productivo trata a las personas como si fueran unidades productivas, todas iguales, ignorando una de sus mayores riquezas, su diversidad de edad, sexo, condición…

2º.- Se reduce la condición social del ser humano a su consideración como individuo aislado: el sistema productivo trata a la persona como si fuera un individuo aislado, ignorando que forma parte de una familia, de una sociedad… y que necesita cultivar esas dimensiones sociales de su vida. Especialmente grave en este sentido es la reducción de la familia al individuo: se vive la ficción de que se contrata individuos cuando, en realidad, se contrata un miembro de una familia.

3º.- Se reduce el tiempo de vida al tiempo productivo: el sistema productivo trata a las personas como si todo su tiempo de vida fuera el tiempo de trabajo, al que se subordina todo lo demás, ignorando las necesidades del tiempo biológico, personal, familiar, social… Y tiende a someter todo el tiempo de vida al tiempo de trabajo.

d) Que destruye el sentido y valor humanizador del trabajo

En el modelo que se está imponiendo y extendiendo de la flexibilidad laboral, el trabajo está siendo reducido a su expresión más instrumental y se está dispensando a las empresas de su responsabilidad social: no son las empresas las responsables de servir al bien social, son los trabajadores los que son responsables de su propia «empleabilidad», adaptándose permanentemente a las exigencias del sistema productivo, siendo «competitivos». Además, es un modelo que está extendiendo como normal la contratación temporal de forma continuada. Con todo ello se producen consecuencias muy graves para el trabajo y para las personas trabajadoras. Consecuencias que podemos resumir en las siguientes:

1º.- Un deterioro creciente de las condiciones de trabajo, que son deplorables para muchos trabajadores.

2º.- La inseguridad vital y la desestructuración de la vida de los trabajadores y de las familias trabajadoras.

3º.- La indefensión creciente de muchos trabajadores que genera dependencia y la inexistencia práctica de los derechos en el trabajo para muchos trabajadores; en la contratación temporal, especialmente, pero no sólo, cada vez más, reivindicar derechos es arriesgarse a no trabajar.

4º.- Empobrecimiento y exclusión social de las personas menos rentables en el mercado de trabajo: creciente empobrecimiento del trabajadores con empleos muy precarios y persistencia de una elevado número de parados.

5º.- Segmentación del mercado de trabajo que condena a muchos trabajadores a malas condiciones de trabajo de las que resulta muy difícil salir.

6º.- Especial incidencia de los aspectos más negativos de la precariedad laboral en jóvenes, mujeres e inmigrantes.

Además, las nuevas formas de organizar la empresa desde el criterio de la flexibilidad, como, por ejemplo, la descentralización de la producción en diversos centros y empresas auxiliares, la subcontratación, la cada vez mayor extensión de los «falsos autónomos» (que aunque en realidad siguen dependiendo para trabajar de una empresa, no tienen relación laboral con ella), el cada vez mayor peso de la cotización en bolsa y de los movimientos especulativos en la marcha de muchas empresas, etc., están dificultando cada vez más las funciones sociales de las empresas, pues éstas se rigen casi exclusivamente por la búsqueda del máximo beneficio, muchas veces a muy corto plazo, sin asumir ninguna responsabilidad social.

Una cuestión política

Por último, subrayar algo que es muy importante: esta configuración del trabajo que resulta del modelo de la flexibilidad no es algo que sea natural o que se haya producido por generación espontánea (como muchas veces se quiere hacer creer), sino que es una construcción política, fruto de diversas decisiones empresariales y de decisiones políticas adoptadas por los gobiernos. Con frecuencia se plantea la situación actual del trabajo como el resultado espontáneo de la propia dinámica económica a la que deben adaptarse las personas, las instituciones y las políticas laborales. No hacerlo, se dice, es estar fuera de la realidad. Pero en absoluto es así. La actual situación del trabajo se ha ido construyendo a través de un conjunto de decisiones políticas, de una muy determinada orientación de las políticas laborales (en las que han tenido, en el caso español por ejemplo, un papel muy importante las sucesivas reformas laborales) (3), y de una correlación de fuerzas muy desfavorable a los trabajadores, en la que tiene mucho que ver la debilidad de las organizaciones sindicales y sus dificultades para situarse decididamente en la defensa de los derechos de los trabajadores más empobrecidos. Pero, en todo caso, como construcción política que es, esta situación puede modificarse con otra acción política. El problema de la concepción y la organización del trabajo es un problema político fundamental, no una especie de fatalidad natural e inevitable.

Notas

(1) Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, Departamento de Pastoral Obrera: Manifiesto con motivo del X Aniversario de la aprobación del documento «La Pastoral Obrera de toda la Iglesia», «Por un trabajo al servicio de todo el hombre», pags. 6-7 y 11.


(2) Seguimos para ello el estudio realizado para el Departamento de Pastoral Obrera de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, cuyas conclusiones más importantes se resumen en el documento «El trabajo humano, principio de vida», EDICE, Madrid 2007.


(3) Sobre las reformas laborales pueden verse las reflexiones de la Comisión Permanente de la HOAC, «La reforma laboral: ¿es posible armonizar flexibilidad y seguridad? », Madrid, septiembre de 2006; y «Reforma laboral y cambio de modelo de organización social», Madrid, junio de 2010.

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