Ya en el año 2000 el Papa Juan Pablo II expresó
el apoyo al objetivo planteado por la OTI
y la necesidad de la implicación de todos, también de las comunidades
cristianas, en la lucha por el trabajo decente: “todos debemos colaborar para qué sistema económico en el que vivimos no
altere el orden fundamental de la prioridad del trabajo sobre el capital, del
bien común sobre el privado, (…)Es muy necesario constituir en el mundo una
coalición en favor del trabajo digno” ( Discurso al Mundo del Trabajo 1º de
mayo 2007). Pues el trabajo es medio imprescindible de realización personal de
la propia vocación y reconocimiento de la sagrada dignidad de las personas.
Mediante el trabajo construimos la vida social y política y contribuimos al
Plan de Dios para la humanidad. Si falta el trabajo, la dignidad humana está
herida.
En los últimos años ha empeorado la situación de
muchos trabajadores en todo el mundo, por la extensión del paro y de la
precariedad laboral, por la negación práctica cada vez más evidente de los
derechos de las personas en el trabajo. Se ha extendido el empobrecimiento y la
vulnerabilidad de muchos trabajadores y trabajadoras, de muchas familias
trabajadoras. La causa la denunciaba el
Papa Francisco con toda claridad: “ la sociedad no es justa sino ofrece a todos
un trabajo o explota a los trabajadores(…)No pagar lo justo, no dar trabajo, porque sólo se ven los balances, sólo ve cuánto provecho puedo sacar…¡Esto va contra
Dios¡ (Homilía
con motivo del Primero de Mayo 2013). “No hay peor pobreza material
que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo”. “El
desempleo juvenil, la informalidad y la falta de derechos laborales no son inevitables,
son resultado de una previa opción social, de un sistema económico que pone los
beneficios por encima de la persona”.
Por eso es hoy tan importante la lucha por el
trabajo decente “como aspiración de las familias en todos los países del mundo”.
“Un trabajo que en cualquier sociedad sea expresión de la dignidad esencial de
todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido que asocia efectivamente a
los trabajadores hombres y mujeres al desarrollo de su comunidad; un trabajo
que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados evitando toda
discriminación; un trabajo que permite satisfacer las necesidades de las
familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un
trabajo que deja espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias
raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una
condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación” (Benedicto
XVI Caritas in veritate 63)
Lo que está en juego es la misma dignidad del ser
humano, la construcción de nuestra
humanidad y de una sociedad a la medida
del ser humano y, muy particularmente,
la vida de los empobrecidos. La lucha por el trabajo decente es hoy un reto
fundamental para nuestra sociedad y para nuestra Iglesia. “El desafío para la
Iglesia es muy importante, pues se trata de la causa de la dignidad de la
persona en el trabajo: la Iglesia está vivamente comprometida en esta causa,
porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su
fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la “Iglesia de los pobres”. Y los pobres(…)
aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del
trabajo humano” (Laborem exercens,8).
Secretariado Diocesano de
Pastoral Obrera
Diócesis de Orihuela-Alicante
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