"Ignorar a los pobres es despreciar a Dios" Francisco

miércoles, 8 de febrero de 2012

JESUS, TE TIENDE LA MANO, OFRECIENDOTE LIBERACION

Pepe Lozano, consiliario diocesano de la HOAC
Domingo 6º de Tiempo Ordinario
- 12 febrero 2012 -

El Evangelio que hemos escuchado, Marcos 1,40-45, nos dice que, un leproso, se acercó a Jesús; y le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano, lo tocó, y le dijo: Quiero, queda limpio. Y la lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

En aquel tiempo, los leprosos, no estaban en el pueblo, o en la ciudad; la ley les prohibía que tuvieran contacto con cualquier persona; vivían a las afueras, y nadie podía acercarse a ellos; y ellos no podían arrimarse a nadie. Por otra parte, todo el mundo pensaba que, si estaban leprosos, era porque había cometido algún delito oculto. Y, la lepra, era como el castigo correspondiente al delito que habían hecho. El leproso era un “maldito” de Dios y de la sociedad. Estaba condenado a vivir marginado y despreciado por todos, en este mundo; y a sufrir eternamente en la otra vida. Esta era la mentalidad de la gente en aquella sociedad. Y, el que tocaba a un leproso, se convertía en un impuro, un “maldito”, parecido a él. Ni por amor, ni por odio, nadie podía arrimarse a un leproso. Para la sociedad, un leproso, era como un muerto.


Pero Jesús no pensaba así. Para Jesús, a pesar de que se había criado en aquel ambiente, y formaba parte de aquella sociedad, un leproso no era un “maldito”, ni la “basura” de la sociedad que había que sacar fuera del pueblo. Para Jesús, un leproso, era una persona como otra, que había que tratar como a todas las personas, o, un poco mejor, porque estaba más necesitado. Jesús se acercaba a los leprosos y los tocaba, les daba la mano (les daba su persona y su corazón), cosa que estaba prohibida; hacía por ellos todo lo que podía, y, como podía curarlos, los curaba. Con esta forma de actuar, tiraba por tierra, suprimía, de la forma más sencilla, toda aquella mentalidad de discriminación y de marginación, que existía en aquel tiempo. Los mismos gestos y forma de actuar tuvo, con personas de otras religiones, con toda clase de enfermos, con los más pobres, con pecadores públicos, con las prostitutas, y todas las personas que, la sociedad de aquel tiempo (y la de este), había arrinconado (y se sigue arrinconando), y no las consideraba personas iguales a todas y con todos los derechos. Para Jesús, todos y todas, somos iguales en dignidad y en derechos, aunque seamos diferentes en cultura o ideas, en raza, sexo, religión, edad, o en salud. Con su forma de actuar, hacía presente el amor de Dios Padre.

Actualmente mucha gente le guarda una cierta distancia (margina, considera menos, desprecia, o mira por encima del hombre) a los enfermos de sida, o a los que son de otras religiones (que consideran “peligrosas”), a los tocados/as de alzhéimer, síndrome de Down, inmigrantes, gente sin estudios, gente de otras razas, u otras etnias…

Y también, los que son de un partido político, consideran como “malos” (corruptos, mentirosos, injustos, incapaces, y con malas intenciones) a los del partido contrario.

Jesús continúa dando la mano a todos, y de una forma especial, a los que reconocen su lepra, a los que sienten la necesidad de mejorar, de cambiar, de superarse. Pero con aquellos que creen que no necesitan nada, Jesús no puede hacer nada con ellos.

Hemos venido hoy a que Jesús nos cure de nuestra “lepra”. Lepras hay de muchas clases; y muchas peores que la lepra de aquel que se encontró con Jesús (la depresión, los vicios, las manías, los miedos, la ansiedad, los complejos, el negativismo, el egoísmo…) . Hemos venido a la Iglesia a decirle a Jesús: “Si quieres, puedes Limpiarme”. Y, seguro, que él, si se lo pedimos con fe, nos dirá: Quiero, queda limpio, o limpia.

Y también hemos venido a aprender a

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